Estoy donde debo, no donde quiero = estoy donde puedo.

Una afirmación que dice mucho: de entrada suena a renuncia, a obligación, a fastidio. Pero contiene verbos que permiten plantearse algunas cosas.

  • Debo: Si no estoy donde quiero, es porque hay algo que me lo impide: un deber. Así que me puedo preguntar ¿cuál es ese deber u obligación: un contrato que firmé, una tradición, un juramento, una responsabilidad natural que adquirí..? Una vez localizado el deber, puedo recodar el momento en que surgió y preguntarme: ¿era entonces un deber o un querer? Si era esto último: ¿cómo me sentía al respecto? ¿Qué expectativas me hice? Entre aquel momento y el actual ¿qué ha pasado: qué falta, qué sobra y qué permanece? ¿Sé yo cuándo y cómo se ha transformado el quiero en debo? Sin duda algo ha salido distinto a como esperaba y no imaginé la actual frustración. “Ten cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir” reza un dicho. Y eso nos lleva al…
  • Quiero: Si quiero algo es porque no lo tengo, porque me “falta”. Hay por tanto un qué faltante. Eso ya de por sí, da mucho que pensar pero baste ahora con hacerse sólo una única y decisiva pregunta: ¿qué tienen en común el actual quiero y aquel del pasado que se ha transformado hoy en el debo que me impide avanzar hacia este nuevo quiero? Que ambos parten de un deseo cuyas consecuencias (caso de cumplirse) no alcanzo a ver; mi fantasía me guía, sí… pero en realidad no sólo no veo los obstáculos que puedan surgir sino que desconozco si seré capaz de transitarlos. Merece la pena pararse a observar de dónde viene el impulso, el sutil mecanismo que me lleva a perseguir mis quieros a base de tomar decisiones que con el tiempo, pueden convertir mis deseos en pesadas cargas que tendré que asumir. (Ten cuidado con lo que deseas…) Y aquí llegamos al…
  • Puedo: entendido no como un slogan motivador sino como un medidor realista de mis capacidades. Como un GPS interno que me indica a cada momento, dónde estoy. Si entre el debo y el quiero hay que elegir, voy a elegir en función de lo que puedo permitirme soportar. Así de fácil. Si escojo el debo, voy a sentir la carga de la frustración porque renuncio a lo que deseo. Si escojo lo que quiero, siento la carga de la culpa porque desatiendo un deber. Así que sólo puedo elegir en función de la carga que mi biología y mi mente puedan tolerar sin traspasar el punto en el que me desestabilice. Es incómodo admitir que estoy por deber si lo interpreto como una falta de libertad pero si es lo único que soy capaz de hacer entonces tiene un sentido: está indicándome dónde tengo un límite. Y los límites están para ser expandidos. El querer, como se ha visto, puede ser traicionero y acabar en una ineludible Responsabilidad pero… si el querer lleva al deber y el deber lleva a un límite entonces puedo aprovecharlo para expandirme. Porque en Realidad, para eso está: para hacerme ver que puedo, que soy capaz. Y que tengo algo que hacer con eso. Es posible aprender a ver cada conflicto, cada decepción como un límite que muestra dónde puedo seguir avanzando; desde qué punto salir del bucle o del patrón repetitivo que me frena con su carga. Es posible aprender a ver que cada obstáculo es un desafío que porta un recurso. Y es en esa mirada donde radica mi Poder.

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